Hablar de la historia moderna de nuestra ciudad y del entramado educativo y de derechos humanos de la Argentina es, de manera ineludible, hablar de Emilio Fermín Mignone. Nacido en Luján el 23 de julio de 1922, Mignone encarnó la figura del intelectual comprometido, el jurista riguroso y el hombre de acción, cuyo legado trasciende las fronteras locales pero mantiene sus raíces profundamente afincadas en el suelo lujanense.
Si bien su figura cobró dimensión internacional como uno de los más tenaces defensores de los derechos humanos y fundador del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) tras el secuestro y desaparición de su hija Mónica durante la última dictadura militar, su vocación transformadora tuvo un hito central e imborrable en la educación superior: la refundación y creación de la Universidad Nacional de Luján (UNLu).
Abogado de profesión y de profunda convicción católica e integradora, Mignone dedicó gran parte de sus primeros años al estudio y la gestión pública de la enseñanza. Fue Director General de Educación de la Provincia de Buenos Aires a fines de la década de 1940, especialista en políticas educativas de la OEA en Washington y subsecretario del área a nivel nacional.
Sin embargo, fue en 1973 cuando su trayectoria técnica y su visión política convergieron en un desafío histórico: asumir como el primer Rector Organizador de la recién creada Universidad Nacional de Luján.
Bajo la conducción de Mignone, la Casa de Altos Estudios de Luján no nació como una institución académica tradicional, sino como un modelo universitario revolucionario para la época. Entendía que la educación superior debía salir de los grandes centros urbanos y vincularse directamente con el desarrollo regional y productivo del interior bonaerense.
Durante su gestión como rector fundacional, impulsó una ambiciosa red de descentralización territorial, creando los Centros Regionales de la UNLu en General Sarmiento, Mercedes, Chivilcoy y 9 de Julio, articulando el conocimiento con las realidades locales.
Mignone imbuyó a la UNLu de un espíritu plural y humanista. En momentos convulsos para la región, abrió las puertas de la universidad a calificados docentes y científicos perseguidos por dictaduras del Cono Sur —como los intelectuales chilenos tras el golpe contra Salvador Allende—, convirtiendo a Luján en un refugio de pensamiento crítico y excelencia académica.
Las anécdotas de su gestión pintan con claridad su pragmatismo audaz en defensa de la institución. Cuenta la memoria universitaria cómo el propio Mignone, al advertir un expediente del Ministerio de Bienestar Social que buscaba frenar la transferencia del Instituto Alvear a la UNLu, no dudó en retirar los papeles del despacho oficial y destruirlos para garantizar el patrimonio y el crecimiento del predio universitario. Para el rector, el fin supremo de dotar a Luján de su universidad justificaba cualquier batalla administrativa.
El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 interrumpió abruptamente esa etapa fundacional. Fiel a sus principios y en rechazo rotundo al quiebre constitucional, Mignone presentó su renuncia indeclinable al cargo de rector el mismo día del golpe militar.
A partir de allí, el destino lo llevaría a encabezar la lucha contra la impunidad en los años más oscuros del país, sin dejar nunca de escribir sobre educación cívica y política universitaria. Tras el retorno de la democracia, la UNLu le reconoció su impronta y su entrega nombrándolo Doctor Honoris Causa.
Emilio Fermín Mignone falleció en diciembre de 1998. Su nombre no solo identifica a un instituto municipal de educación superior o al premio internacional de derechos humanos de la Cancillería; para los lujanenses, su nombre es sinónimo del aula fundacional, del esfuerzo por democratizar el saber y de la visión de una Universidad Nacional nacida en y para Luján.