El 11 de junio de 1982 marca una huella imborrable en la memoria comunitaria e institucional de Luján. En aquellos días dramáticos en los que la Guerra de Malvinas atravesaba sus horas finales y miles de familias padecían la angustia del conflicto, san Juan Pablo II se transformó en el primer Sumo Pontífice en pisar suelo lujanense. Bajo una lluvia pertinaz y un frío intenso, el Santo Padre llegó como el «peregrino de los momentos difíciles», un gesto de profunda cercanía espiritual tras su gira previa por el Reino Unido. Aquella jornada histórica de fe, oración y clamor por la paz sirve hoy como el gran espejo en el que se refleja la ciudad ante la inminente llegada del papa León XIV.
La travesía de Juan Pablo II hasta el corazón de la Villa de la Fe estuvo repleta de momentos simbólicos que perduran en el patrimonio local. Al arribar en tren desde Morón y trasladarse hasta el templo, el Pontífice se encontró con una plaza multitudinaria que aguardaba su bendición. Para la ocasión, la sagrada imagen de Nuestra Señora de Luján fue retirada de su camarín y dispuesta en el atrio, donde el Papa se arrodilló para entregarle la Rosa de Oro, máxima distinción pontificia que ratificó el amor de la Santa Sede por la Patrona de los argentinos. Durante su homilía, encomendó a la Virgen a los caídos, a los heridos en los hospitales y a la unidad de las familias, dejando un mensaje centrado en la justicia, el respeto y la reconciliación entre los pueblos.
Entre los pasajes más recordados por los vecinos de la época se destaca el retorno del Papa tras concluir la misa. Para romper el aislamiento que imponían los vidrios polarizados del vehículo oficial y así poder devolver el saludo al pueblo que lo aclamaba en las calles, Juan Pablo II prefirió abordar un colectivo de línea destinado al traslado de la prensa. Ese colectivo conservado en el patrimonio del Complejo Museográfico Provincial Enrique Udaondo constituye un testimonio vivo de la sencillez de aquel histórico viaje pastoral.
La inminente llegada de León XIV reaviva además la tradición de los grandes símbolos basilicales que acompañan las visitas de los sucesores de Pedro. Entre ellos cobra especial relevancia el pliegue y apertura de la umbrella o umbraculum, el histórico dosel ceremonial con franjas rojas y amarillas que permanece habitualmente entreabierto dentro del Santuario como signo de constante espera al Pontífice. Tras haber permanecido totalmente desplegada por última vez en 1982 ante la presencia de Karol Wojtyła, la umbrella volverá a abrirse en su máxima extensión el próximo 11 de noviembre. Como lo expresó el rector de la Basílica, el padre Lucas García, su reapertura simboliza la protección, la comunión directa y la más cálida acogida de la casa de la Virgen al Santo Padre.