«Iban a ser los 50 minutos más difíciles de nuestra vida»

Martín Pérez Bianchi analizó con emoción el inolvidable triunfo de Luján que valió el ascenso. El director técnico destacó la entrega absoluta de sus dirigidos para sostener el resultado con un hombre menos y le dedicó el logro a su amigo Santiago.

En medio de una caldera de festejos, abrazos y la euforia desbordante que invadió el campo de juego tras concretar el ansiado objetivo, el entrenador de Luján, Martín Pérez Bianchi, dejó sus impresiones sobre una jornada que quedará grabada en la historia del club. Con la serenidad de quien planificó la batalla y el desahogo del deber cumplido, el «Pulga» remarcó el cambio de mentalidad y la postura con la que el plantel afrontó este cruce decisivo desde el silbato inicial.

Según detalló el director técnico, la premisa acordada durante los días previos pasó por corregir los desajustes de los compromisos anteriores y salir a jugar el partido de local como una Verdadera final. Los futbolistas entendieron el mensaje desde el primer minuto, saltando a la cancha con una concentración y una intensidad a la altura del desafío. El equipo fue construyendo el juego de menor a mayor y encontró en la apertura del marcador la llave para destrabar el desarrollo, un golpe táctico que le permitió ganar confianza y dominar las acciones en el tramo más complejo de la etapa inicial.

Sin embargo, las adversidades no tardaron en llegar. La expulsión del autor del primer tanto obligó a replantear el escenario antes del descanso, aunque la respuesta colectiva estuvo a la altura. La llegada del segundo gol al cierre del primer tiempo funcionó como un bálsamo reconfortante antes de meterse al vestuario. Pérez Bianchi reveló que la indicación para encarar el complemento fue tajante, sabiendo que jugar cincuenta minutos con diez jugadores exigiría un desgaste físico y mental supremo para sostener la ventaja y sellar el festejo.

En el segundo tiempo, el planteo táctico se ejecutó a la perfección. El conjunto de Luján cerró los caminos internos, obligó al rival a volcar sus ataques por las bandas y basculó con disciplina para neutralizar los centros de peligro. El entrenador ponderó el trabajo de los marcadores centrales y el esfuerzo colectivo desplegado para sostener el orden defensivo en los momentos de mayor presión. La solidez mostrada en la cancha fue el reflejo directo del trabajo cotidiano de un grupo que demostró carácter para sufrir cuando hizo falta y autoridad para gritar campeón.

El cierre de la charla tuvo un tinte profundamente emotivo. Con la voz quebrada por la alegría y luciendo una remera especial con la imagen de su amigo Santiago, Pérez Bianchi inmortalizó la dedicación de este triunfo. La jornada cerró con una fiesta inolvidable en la que el cuerpo técnico, los jugadores y la hinchada fundieron en un solo abrazo el desahogo y el orgullo de haber alcanzado la gloria.