11 de junio de 1982: El día que Su Santidad Juan Pablo II visitó Luján

Entre el barro de una jornada gris, el eco lejano y doloroso de la Guerra de Malvinas y la fervorosa fe de más de un millón de almas, Luján escribió hace más de cuatro décadas una de las páginas más trascendentales de su historia: la llegada del Papa Juan Pablo II a la Capital del Feudo Mariano.

Un contexto de dolor y una visita relámpago

Aquel viernes 11 de junio de 1982 no fue un día cualquiera para la Argentina ni para nuestra ciudad. El país atravesaba el desenlace del conflicto bélico en el Atlántico Sur contra Gran Bretaña. Apenas unas semanas antes, el Pontífice había realizado una visita pastoral programada al Reino Unido. Fiel a su rol de pastor universal y en un gesto de profunda diplomacia y neutralidad evangélica, Karol Wojtyła decidió organizar a contrarreloj una gira relámpago de solo 30 horas a la Argentina. El objetivo era claro: traer un mensaje de paz, consuelo y esperanza a un pueblo atribulado.

El Pontífice hizo el trayecto desde Plaza Miserere hasta la estación de Luján a bordo del tren presidencial construido en 1954, haciendo una breve escala técnica en Morón. Al descender en la estación lujanense, ingresó hacia la zona del santuario por la avenida Nuestra Señora de Luján para presidir la histórica misa multitudinaria y entregar la Rosa de Oro a la Patrona de la Argentina.

El cambio de planes ocurrió tras la ceremonia. La comitiva oficial y las fuerzas de seguridad tenían dispuesto el regreso hasta la estación en autos blindados y polarizados, pero el Papa rechazó subirse a un coche cerrado. Quería ver a la gente que colmaba las calles.

Ante la urgencia, la organización echó mano a uno de los tres colectivos de la empresa Libertador San Martín (Línea 501) que habían sido contratados por el municipio para trasladar a la prensa, obispos y miembros de la organización. Se eligió el coche número 1, un Mercedes Benz 1114 carrozado por El Detalle prácticamente cero kilómetro.

El gerente de la empresa, Ángel Milán, tomó el volante para la ocasión. Como el vehículo no tenía una disposición especial, le improvisaron una silla junto al chofer para que Karol Wojtyła pudiera sentarse al lado de la ventana frontal y saludar a la multitud durante el recorrido de regreso a las vías. Esa unidad, que luego siguió prestando servicio urbano cotidiano durante años en el partido, hoy se preserva como pieza de valor histórico en el Complejo Museográfico Provincial Enrique Udaondo.

En la diagramación de ese itinerario vertiginoso, el paso por el Santuario de la Virgen de Luján resultaba ineludible. Luján no solo era el corazón mariano de la patria, sino el refugio espiritual al que la fe popular acudía en los momentos de mayor angustia.

Desde las primeras horas de la mañana, y pese a la llovizna persistente y el frío cortante que azotaba al bonaerense, las calles de Luján comenzaron a poblarse. Columnas de fieles llegaban a pie, en colectivos, en trenes desbordados desde la Estación Basílica o acampando desde la noche anterior en los alrededores de la Plaza Belgrano.

Al pisar la Plaza Belgrano, repleta hasta el último rincón, el estallido de aplausos y cánticos fue ensordecedor. Juan Pablo II, visiblemente conmovido por la calidez del recibimiento, caminó hacia el altar monumental montado en la explanada de la Basílica Nacional, bajo la imponente mirada de las dos torres.

La misa y el mensaje a los jóvenes

A las 16:30 dio inicio la solemne concelebración eucarística. Acompañaron al Santo Padre el Cardenal Juan Carlos Aramburu, el obispo de la Diócesis de Mercedes-Luján, Mons. Emilio Ogñénovich, y la totalidad del episcopado argentino.

Durante su homilía, cargada de emotividad y sustancia teológica, el Papa polaco dirigió palabras que calaron hondo en la memoria colectiva:

«Desde este Santuario de Luján, dirijo mi pensamiento a todos los que sufren, a los que padecen las consecuencias de la prueba… Que la Virgen Santísima interceda por la paz que la Argentina necesita.»

Uno de los momentos más electrizantes de la jornada se vivió cuando Juan Pablo II rompió por un instante el protocolo para dirigirse a la juventud, en una época marcada por el silencio y la censura: «¡Jóvenes argentinos, no dejéis que el odio envenene vuestras almas!», exclamó con su voz firme y resonante, provocando una ovación de varios minutos entre la multitud.

Notas de color y anécdotas para el recuerdo

La histórica jornada no estuvo exenta de aquellos detalles humanos y locales que con el tiempo se convirtieron en mitos y anécdotas de café en Luján:

  • El barro y las botas: El mal tiempo de los días previos transformó varios sectores de la Plaza Belgrano y los accesos ribereños en auténticos lodazales. Cientos de vecinos recuerdan haber dejado tiradas sus botas de goma en la plaza con tal de acercarse unos metros más al paso del papamóvil.
  • El mantel tejido por las monjas: El altar mayor montado frente a la Basílica lució un mantel artesanal confeccionado especialmente por las Hermanas Misioneras de la Diócesis, quienes trabajaron día y noche durante cuatro jornadas consecutivas para tenerlo listo a tiempo.
  • El poncho de regalo: Tras finalizar la misa, las autoridades eclesiásticas le obsequiaron a Juan Pablo II un poncho criollo de lana de vicuña tejido en telares tradicionales. El Pontífice no dudó en tomárselo con una sonrisa y probárselo sobre los hombros por unos segundos ante el delirio de la multitud.

El legado de una tarde inolvidable

La visita de Juan Pablo II a Luján duró apenas unas horas, pero su impacto perduró por generaciones. Solo tres días después de aquella misa al pie de la Virgen, se decretó el cese de hostilidades en las Islas Malvinas, dando paso a una nueva y dolorosa etapa en la historia nacional.

Para la ciudad de Luján, el 11 de junio de 1982 no fue únicamente un operativo de seguridad sin precedentes ni una cobertura periodística monumental: fue la tarde en que el Santo de la era moderna se arrodilló ante la Patrona de los argentinos para pedir por la paz, dejando una huella imborrable en el corazón y la memoria de nuestro pueblo.