En un nuevo aniversario de su natalicio, reconstruimos las visitas documentadas del Libertador a nuestra ciudad, su especial devoción por la Virgen gaucha y el legado que aún hoy honramos en nuestra plaza central.
Este 25 de febrero, se cumplen 248 años del nacimiento de José de San Martín en Yapeyú. Para los lujanenses, esta fecha invita a recordar que el Padre de la Patria no es solo una figura de los libros, sino un hombre que transitó nuestras calles en momentos determinantes de su vida y de la historia americana. Gracias a las investigaciones de historiadores locales como Rosa Blotto y la Lic. María Teresa Tartaglia, podemos reconstruir con precisión los pasos del General por nuestra Villa, especialmente en dos oportunidades que marcaron a fuego la memoria del pueblo.
La primera de estas visitas documentadas ocurrió en abril de 1818, tras el triunfo en la Batalla de Maipú que consolidó la libertad de Chile. Al regresar por el Camino Real, San Martín se dirigió directamente al antiguo templo. Al reconocerlo, el Cura Rector ordenó de inmediato el toque de campanas tanto del santuario como del Cabildo, anunciando su llegada. El pueblo se congregó espontáneamente en la plaza y, en un clima de profundo y respetuoso silencio, esperó a que el Libertador terminara su oración frente a la Virgen de Luján para luego estallar en una aclamación que quedó grabada en las crónicas de la época.
Años más tarde, en diciembre de 1823, Luján volvió a ser testigo de su presencia, aunque en un contexto muy diferente. De regreso definitivo del Perú, ya enfermo y atravesando el duelo por la pérdida de su esposa, Remedios de Escalada, San Martín buscó una vez más refugio en la Villa antes de partir hacia su exilio europeo. En aquel entonces, con el Cabildo ya disuelto, fue recibido por un Juez de Paz y por los vecinos que aún recordaban su gloria. En ambas ocasiones, su paso por Luján no fue casual: el General entendía que este era el corazón espiritual de las Provincias Unidas y un lugar de renovación antes de enfrentar los desafíos más difíciles de su vida.
Este vínculo histórico le da un sentido especial a nuestras tradiciones actuales. Es inevitable evocar su figura cada vez que nos detenemos frente al mástil de nuestra Plaza Belgrano para participar o presenciar el izamiento de las banderas, esa actividad que es tradición viva de nuestra identidad. En ese gesto cotidiano de ver flamear el pabellón nacional, el mismo suelo que pisó el General en 1818 y 1823 vuelve a ser testigo de nuestro respeto por los valores de libertad y entrega que él defendió. Hoy, al celebrarse su natalicio, Luján no solo homenajea a un prócer, sino a un fiel peregrino que eligió nuestra casa para encontrar paz.