Lo que hace apenas unos años parecía una novedad aislada, hoy es una realidad cotidiana en nuestras calles. Los monopatines eléctricos, protagonistas de la llamada Movilidad Personal (VMP), ganan terreno rápidamente gracias a una serie de ventajas prácticas: son económicos, livianos, fáciles de transportar y, fundamentalmente, ecológicos al ser eléctricos y silenciosos. Además, su versatilidad permite combinarlos fácilmente con otros medios de transporte.
Sin embargo, esta practicidad convive con riesgos que no podemos ignorar. Al ser vehículos pequeños, silenciosos y algo inestables, suelen ser poco detectables para el resto de los conductores. El problema de fondo radica en que nuestras calles no fueron diseñadas pensando en ellos, lo que genera una zona gris sobre por dónde deberían circular.
La velocidad y la seguridad en la mira Aunque la normativa establece una velocidad máxima de entre 25 y 30 km/h, es preocupante la aparición en el mercado de modelos con motores potenciados que alcanzan los 80 km/h, una cifra desproporcionada para la estructura de estos rodados. Esta falta de visibilidad y el exceso de velocidad no solo ponen en peligro a quienes los conducen, sino que representan una amenaza directa para el eslabón más vulnerable de la vía pública: el peatón.
Hacia una regulación necesaria Ante el incremento de los siniestros viales, países como Alemania, Francia, España, México y Brasil ya han avanzado en legislaciones específicas. En nuestro país, la Agencia Nacional de Seguridad Vial (ANSV) fijó las pautas de uso y características mediante la Disposición 480/2020, marco que ciudades como Buenos Aires ya han incorporado a sus normativas locales para intentar ordenar una convivencia vial que todavía está en pleno desarrollo.