El día que Luján frenó el colapso de las provincias

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A 206 años del Armisticio de la Villa: cuando el Cabildo fue el búnker donde se contuvo la desintegración del orden nacional y se negoció el futuro.

El 1 de febrero de 1820, Luján no era el lugar de descanso que conocemos. Era un polvorín estratégico. Mientras en Santa Fe la Batalla de Cepeda terminaba en apenas diez minutos, nuestra Villa se convertía en el último refugio para la diplomacia.

El proyecto de unidad nacional se caía a pedazos. Los caudillos federales marchaban con sed de victoria y el gobierno central en Buenos Aires se desmoronaba por completo. En ese clima de máxima tensión, el Cabildo de Luján abrió sus puertas para una reunión de emergencia que cambiaría el rumbo de nuestra historia.

Allí se firmó el Armisticio de Luján. Fue un pacto desesperado para frenar el avance de las tropas y evitar un baño de sangre. El edificio que hoy visitamos como museo fue, en ese entonces, la oficina donde se intentó poner orden en medio de la desintegración de las instituciones.

En las calles de la Villa, la escena era cinematográfica. Los pulperos atendían a soldados exhaustos mientras los vecinos observaban desde las casas de adobe. El control del Río Luján era la gran moneda de cambio: quien dominaba el puente, dominaba el flujo de comida y noticias hacia la capital.

Incluso en ese caos, la fe imponía silencio. Los mismos soldados que venían de pelear en el barro se sacaban el sombrero al entrar al antiguo Santuario de Lezica. El Padre Juan Bautista de Lezica veía pasar por su templo a generales y peones, todos unidos por el respeto a la Virgen en un momento donde ya no había leyes claras.

Ese armisticio firmado en nuestra tierra fue el paso previo y necesario para el famoso Tratado del Pilar, firmado apenas tres semanas después. Sin la pausa que Luján le impuso a la guerra aquel 1 de febrero, el sistema federal argentino tal vez nunca hubiera tenido su punto de partida.